SUICIDIOS EN LAS PLAZAS
Porque es curioso. Nuestras plazas son las que más predisponen al suicidio. Son tan feas y tienen estatuas tan grotescas que, por no mirarlas, más de un infeliz se ha eliminado.
Esto lo escribiría Paul Morand; pero pensando seriamente, se comprende por qué la plaza es el último apeadero del desdichado. Su aridez, lo desamparado de ella, el espectáculo de los desechos humanos que se adormilan en los bancos, todo contribuye a exasperar el delirio de un hombre que se siente en la mala.
Y recuerdo que me contó un amigo que pensaba matarse, y posiblemente lo hubiera hecho, una mañana que llegó a Plaza Once. Cavilaba que era inevitable morir, que con matarse resolvería de golpe un innumerable montón de angustias que hacía tiempo le acosaban. Se sentó en un banco y se quedó allí como atontado. Estaba fatigadísimo, pues había caminado muchas cuadras. Y de pronto, comprendió que tenía la voluntad de matarse. La plaza se le figuraba una especie de infierno donde envejecería de continuo, atravesando por sucesivas y más amargas decadencias. Y, decepcionado de todo, dejó caer la cabeza sobre el respaldar. Cuánto tiempo estuvo así, no recordaba. De pronto, sintió un picotazo en las sienes: era un pájaro que se había detenido sobre él.
Este hecho insignificante le salvó. Como quien escapa de un tembladeral donde cada vez más se hunde, él huyó de la plaza. No pensaba ya en matarse. Había que vivir; vivir de cualquier forma. Pero la plaza quedó en su entendimiento grabada como el más abominable lugar de sufrimiento que hay sobre la tierra. Se le quedó allí, en el corazón, como un pedazo de desierto encastrado en la ciudad. El que penetra a él, si no es fuerte, se abandona y se pierde.
Esto lo escribiría Paul Morand; pero pensando seriamente, se comprende por qué la plaza es el último apeadero del desdichado. Su aridez, lo desamparado de ella, el espectáculo de los desechos humanos que se adormilan en los bancos, todo contribuye a exasperar el delirio de un hombre que se siente en la mala.
Y recuerdo que me contó un amigo que pensaba matarse, y posiblemente lo hubiera hecho, una mañana que llegó a Plaza Once. Cavilaba que era inevitable morir, que con matarse resolvería de golpe un innumerable montón de angustias que hacía tiempo le acosaban. Se sentó en un banco y se quedó allí como atontado. Estaba fatigadísimo, pues había caminado muchas cuadras. Y de pronto, comprendió que tenía la voluntad de matarse. La plaza se le figuraba una especie de infierno donde envejecería de continuo, atravesando por sucesivas y más amargas decadencias. Y, decepcionado de todo, dejó caer la cabeza sobre el respaldar. Cuánto tiempo estuvo así, no recordaba. De pronto, sintió un picotazo en las sienes: era un pájaro que se había detenido sobre él.
Este hecho insignificante le salvó. Como quien escapa de un tembladeral donde cada vez más se hunde, él huyó de la plaza. No pensaba ya en matarse. Había que vivir; vivir de cualquier forma. Pero la plaza quedó en su entendimiento grabada como el más abominable lugar de sufrimiento que hay sobre la tierra. Se le quedó allí, en el corazón, como un pedazo de desierto encastrado en la ciudad. El que penetra a él, si no es fuerte, se abandona y se pierde.
Un exelente documentalista del que no me acuerdo el nombre y que trabajaba para ATC, se colgó de un árbol frente al canal, en una plaza de Avenida Libertador.
ReplyDeleteDebe haber algo de cierto en esto.
hace rato no pasaba, cuanto laburo che!!! genial el de judas, lo manda al frente el chabon, con pito y cadena y encima lo hace por puro placer...simpre me parecio un final bien Argentino! saludos Oscar
ReplyDeleteDoy fe que es completamente cierto lo que dice Arlt porque yo hace tres años me suicidé en una plaza.
ReplyDeleteCreo que Victorino de La Plaza se llamó asi en celebracion de esa ocasion.
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